Subscribe to RSS Feed

La arqueología actual, además de desenterrar cosas y registrarlas, suele “echar luz” acerca de la cultura de la gente; para esto  suele dar lugar a “hipótesis” que permiten elaborar discursos comercialmente útiles para el turismo o la política, así como elevar el ego del investigador. Cavar cuadrículas con perfiles extremadamente rectos es garantía de máxima objetividad y efectividad.

Será cierta tanta maravilla? en la práctica, es usual que los proyectos de investigación culminen con sentencias tales como “futuros análisis permitirán aclarar tal o cual aspecto”; muchos otros -quizá con inconsciente sentimiento de culpa- arrancan indicando que el estudio tiene caracter “preliminar”, es decir, el mismo autor nos advierte que no debemos esperar nada concluyente salvo un poco más del “registro arqueológico” y quizá algunas divagaciones libertinas (pero permisibles puesto que el estudio es de carácter “preliminar”.) Posteriormente -con mucha suerte- la investigación continua en nuevas temporadas en la que se orienta a temas más específicos, con lo que nuevamente obtenemos más y más “registro arqueológico”, y por supuesto algunas otras divagaciones o hipótesis que siempre requerirán un estudio complementario y (al menos en apariencia) definitivo.

La investigación pasa por más temporadas, el registro arqueolígico se incrementa en volumen, se realizan más análisis técnicos si el dinero lo permite, y finalmente el asunto se estanca por algunos años, quizá para siempre. En casos excepcionales el autor (que para ese entonces cuenta con varios nietos) se anima a lanzar su publicación final. El resultado? Además de un recuento resumido de los años de trabajo y algunas de las hipótesis postuladas, resulta en una “historia arqueológica” que las incluye de manera más o menos sistemática. Al final el autor admite que la arqueología “nunca termina” y “siempre está abierta a revisión”, por lo que esta “interpretación final” es tan sólo el planteamiento personal del autor.

Es decir, se admite y asume con resignación la progresiva superación del conocimiento (es decir, todo lo que hago puede ser echado a la basura en unos años), imitando -salvando distancias- la idea de los famosos cambios de paradigmas científicos. Considero que en arqueología (y quizá en algunas otras CCSS) se hace un uso excesivo de esta idea, al punto de utilizarse como pretexto inconsciente para desviar la mirada de los problemas más importantes. Después de todo, siempre es subyugante la idea de una nueva temporada arqueológica, con nuevos y exóticos descubrimientos, los cuales de algún modo (no importa cuál) nos podrían dar al fin las respuestas que buscamos.

Resulta interesante que esta idea de la “sustitución de paradigmas” tomada del análisis histórico de las CCNN, en la práctica no es aplicada por los especialistas de las CCNN. Para hacer una analogía más comprensible, imaginémonos el reto de escalar una montaña. Un montañista escala hasta la mitad de su altura y se detiene a tomar fotos (registro del paisaje.) Llegar a este punto ha sido agotador y continuar se presenta más difícil aún. La gran idea viene a su mente: para qué seguir subiendo si en el futuro otros montañistas -inexorablemente- subirán más alto. Mejor cuidarse de que las fotos salgan bien, e imaginarse (y hacer dibujos) el paisaje que se apreciaría desde la cima. Después de todo, quien más alto ha subido, o quien más tiempo ha vivido en la montaña, es quien tiene mayor autoridad para imaginarse el paisaje en la cima y describirselo a quienes no son montañistas.

Nuestro sujeto ha realizado un análisis lógicamente inobjetable a la luz de la “sustitución de paradigmas”; sin embargo, en términos de su disciplina, hubiera sido preferible dejar esto de lado e intentar proseguir: la cima o la muerte.

Hacia dónde está la cima?

Los arqueólogos eventualmente agotan su tiempo en el registro, su inventario y su análisis, al punto de perderse de vista el objetivo de todo el asunto. En ciertos casos ocurre un retroceso al tiempo del espíritu anticuario con aquellos que consideran el registro y su presentación museográfica como el fin de la investigación; sin embargo, en la mayoría de casos, la intención suele orientarse a la explicación de la cultura y la esfera interpretativa. El problema es que esto se traduce siempre (siguiendo a los filósofos de la metodología) en el planteamiento de hipótesis de diverso tipo.

Quizá siguiendo a estos los filósofos, el arqueólogo confía en que estas hipótesis son el camino correcto, pero aquí ocurren dos problemas: 1) las hipótesis son muy difíciles de verificar y en consecuencia, 2) las hipótesis se convierten en la meta del estudio. La conclusión de todo esto es desalentadora: el conocimiento adquirido queda en el plano hipotético; es decir, la “historia arqueológica” es más un entretejido de hipótesis de corto alcance y reducida o nula verificación.

En consecuencia, las hipótesis se transforman de un medio de conocimiento, en fin en sí mismo. Olvidamos que las hipótesis sólo son un camino hacia el conocimiento objetivo, no el conocimiento objetivo. La cima (como todos sabemos pero evitamos poner en primer plano) es dicho conocimiento objetivo, el cual es dejado de lado precísamente al conformarnos con las hipótesis. Por lo tanto, dicha “cima” se alcanza al trascender las hipótesis; nunca al acumularlas, por más numerosas y amenas que puedan resultar.

El problema de las hipótesis

El concepto de hipótesis es peligroso y merece alguna reflexión, y quizá precisiones. En principio, la hipótesis se presenta como una explicación a alguna observación del investigador. Por ejemplo, al observar el vuelo de una abeja, se podría plantear la hipótesis (incorrecta) “el insecto observado es más liviano que el aire”. Eventualmente se podría mejorar esta hipótesis indicando que “el insecto observado se sostiene en el aire gracias al empuje que realiza con el movimiento de sus alas”. Finalmente podríamos decir que “todas las abejas se sostienen en el aire gracias al empuje que realizan con el movimiento de sus alas”. Ahora bien, esto último está tan demostrado que dificilmente se consideraría una hipótesis, sino más bien una “proposición verdadera” o quizá una “hipótesis comprobada”. En el caso de las “hipótesis comprobadas”, cuando su poder de explicación alcanza a una gran cantidad de fenómenos, se suele emplear el término “teoría”. En lo que sigue, no consideraremos el tema de la validez de las teorías (que es a lo que se refiere el tema de los cambios de paradigmas) sino que nos concentraremos en las hipótesis que requieren verificación.

Más allá de los términos utilizados, debemos convenir que en todos estos casos se trata de explicaciones que se utilizan como camino hacia el conocmiento objetivo; de aquí es razonable considerar si cualquier explicación propende al conocimiento objetivo, o es que hay explicaciones tan limitadas (o limitantes) que resultan inútiles o perjudiciales hacia dicha meta.

Expresándolo en términos más “metodológicos”, podríamos plantear la “calidad de las hipótesis”. En principio, una hipótesis que es a) imposible de verificar (con la técnica actual), y/o b) que tiene un poder explicativo trivial, es de baja calidad en el sentido que no propende hacia el conocimiento objetivo. En las CCNN no es tan frecuente encontrar explicaciones de este tipo, debido a que sus especialistas (quizá inconscientemente) viven con la idea de “la cima o la muerte” (la mayoría de científicos naturales ignoran la existencia de Thomas Kuhn.) Así, se considera disparatado que un astrónomo plantee la existencia de planetas compuestos exclusivamente de oro (por más que nadie puede demostrar que esto no existe), debido a que a) no hay manera de demostrar que efectivamente sí existen y b) su existencia no explicaría otros fenómenos astronómicos.

De estos dos defectos de calidad, el defecto “a” es el que requiere atención inmediata por su prevalencia en las CCSS, y (quizá lo más problemático), porque no se reconoce como defecto y es la puerta abierta a que cualquier ocurrencia termine imprimiéndose como “historia oficial” so pretexto de una siempre posible revisión futura. Las observaciones muy específicas (poder explicativo trivial) si bien no dan lugar a generalizaciones inmediatas, suelen ser necesarias como parte del proceso inductivo de la ciencia por lo que no deberíamos consideralas como defectuosas.

Hipótesis Verificables

Las CCSS tienen un conjunto de tremendas desventajas en este aspecto; desde el momento en que el hombre tiene grandes dificultades para conocerse a sí mismo, está condenado a un conocimiento más imperfecto de los conjuntos de éstos (las sociedades.) Sin embargo, al igual que no es relevante conocer las particularidades de cada molécula de agua pero sí su efecto desvastador durante un tsunami, resulta plausible esperar obtener conocimientos “a grandes rasgos” de los grandes conjuntos humanos. Un conjunto de problemas bien conocidos y ampliamente discutidos se presentan en este proceso, tales como la orientación y sezgo político del investigador, la ética de considerar a una persona como “objeto de estudio”, el libre albedrío de los humanos en contraposición a la predictibilidad de los elementos naturales, etc. Sin minimizar éstos inconvenientes, uno de los rasgos que posibilita la verificación en las CCNN es la precisión en el planteamiento de las hipótesis, la cual se deriva de la precisión en las categorías participantes en las mismas. No obstante la complejidad en su elaboración y comprensión, las categorías de las CCNN suelen ser precisas y generarse de una manera lógica a partir de un conjunto muy básico de definiciones y axiomas, así como un lenguaje formal muy estricto. En las CCSS ocurre todo lo contrario; casi todas las categorías empleadas en la formulación de cualquier hipótesis (empezando por la “cultura”) están sujetas a matices, confusiones, argumentaciones, aclaraciones, preferencias, e incluso “escuelas de pensamiento”, lo que resulta típicamente en interminables diálogos de sordos. Lo que me parece inaceptable es que tal confusión se considere (por muchos) como algo “enriquecedor para el debate”. Ciertamente es enriquecedor en el sentido que permite llenar páginas y páginas de artículos y libros, pero no lo es en absoluto en la dirección del conocimiento objetivo.

En conclusión, la arqueología (y por extensión, las CCSS) deberían impulsar sus esfuerzos interpretativos a 1) precisar sus definiciones, contrarrestando la divagación teórica ideologizada típica, y -como consecuencia- 2) elaborar hipótesis de alta calidad (es decir, reducir las hipótesis antojadizas.) Por supuesto, nada de esto es nuevo.

El fracaso de las Escuelas Teóricas

Para muchos, las escuelas teóricas son exitosas en la medida que se han escrito y se siguen publicando muchas páginas en relación a ellas; asimismo son exitosas en la medida que sus partidarios y contrarios siguen discutiendo con ardor; finalmente son exitosas en la medida que son adoptadas con alguna finalidad política (cualquiera que ésta sea.)

El sentido que interesa aquí apunta a la precisión y eliminación de ambigüedades y matices en sus categorías. Esto último puede ser fecundo para la filosofía (cuyo éxito se suele medir como se indicó anteriormente) pero resulta fatal para una ciencia que intenta alcanzar conocimiento objetivo. Lamentablemente, el gusto por la imprecisión está tremendamente internalizado en los científicos sociales al punto de requerirse “marcos teóricos” como textos preliminares en las tesis y cualquier trabajo mediano, lo que no es otra cosa que un conjunto de precisiones conceptuales a partir de lo que brindan las (confusas) escuelas teóricas.

De seguro mucho de lo expuesto hasta  aquí suena a “simple positivismo”, el cual (y dado lo anterior) es considerado por muchos científicos sociales como “superficial”: efectivamente, no obstante cualquier limitación que le adscribamos, su “pecado mortal” radica en que (al menos en apariencia) enrarece el debate.

Hagamos un paréntesis. Es deseable o indeseable enrarecer el debate? Al menos en términos de búsqueda de conocimiento objetivo, es conveniente prolongar el debate únicamente cuando no se desenvuelve de modo circular. Precísamente, cuando las categorías son ambigüas, el debate va y viene sin posibilidad alguna de conclusión parcial ni total. La consecuencia de esto puede sonar “sectaria”: no tiene mucho sentido un debate sobre algún aspecto o idea específica entre dos personas que utilizan escuelas teóricas distintas (o entre dos filósofos con distinto horizonte filosófico.) Esto no significa prohibir el “meta-estudio” comparativo de los respectivos fundamentos de las escuelas teóricas; sin embargo, para problemas específicos es iluso pretender arribar a resultados satisfactorios entremezclando dichas escuelas y enfrentando a sus defensores.

Algunas Aproximaciones

Visto lo anterior, qué queda por hacer? Una respuesta válida es “nada”. Esto debido a que numerosos arqueólogos actualmente realizan la mencionada acumulación de “registro arqueológico”, lo cual no es negativo en sí, e incluso es necesario en vista del avance urbanistico. Asimismo, debemos aceptar la triste posibilidad de que la arqueología nunca pase de la esfera del registro (por supuesto, con su mar de hipótesis para todos los gustos y niveles de fe.) Esta orientación hacia el dato, no obstante su apariencia limitada, es actualmente más sincera que la glamorosa actitud de los “interpretadores” y “hipotetizadores” y “teorizadores”.

Shanks y Tilley enunciaron su famosa idea de los cuatro niveles hermeneuticos para destacar la dificultad teórica a la que se enfrenta la teorización arqueológica frente a las CCNN, siendo la sociología la más apta de las CCSS para afrontar estas tareas en vista de su (más sencillamente tratable) doble hermenéutica asociada. En ese sentido, la antropología y por supuesto la arqueología deberían ser especializaciones de la sociología o por lo menos tomar su cuerpo teórico principal como punto de partida.

Hace unos años Bunge mencionaba que el futuro de la política vendría dado por la sociología; una sociología más científica que permita manejar científicamente los problemas políticos. Esto evidentemente no se ha cumplido; sin embargo, es razonable esperar algunos avances teóricos en esta disciplina que pudieran ser incorporados en la base interpretativa de la arqueología.

La formación del especialista impacta considerablemente en su futuro; una formación en la que se sanciona positivamente el enunciado de hipótesis disparatadas (dado que siempre son superables por las generaciones venideras), es una formación negativa en el sentido que estamos discutiendo.

En tal sentido, parecería necesario poner mayor énfasis en los cursos formativos de metodología; sin embargo, esto generaría el efecto contrario. Y es que son los “metodólogos” quienes precísamente promueven esta orientación “a la hipótesis”, quizá a partir de una lectura superficial de la historia de las CCNN. Por el contrario, la formación podría beneficiarse introduciendo seriamente algunos contenidos de las CCNN (incluyendo la rigidez formal de las matemáticas de las que sospechosamente los cintíficos sociales suelen huir despavoridos.)

El Metodo Científico… otra vez

Quizá la mayoría de lectores haya visionado o tenga conocimiento de películas como Star Wars o series como Star Trek. En estas historias de “ciencia ficción” se suelen incorporar (o se suele partir de) datos y teorías consideradas científicas. Sin embargo, nadie confunde la “ciencia ficción” con “la ciencia”, no obstante los planteamientos de la primera muchas veces se incorporaron en la segunda (por ejemplo, algunas novelas de Julio Verne se volvieron “realidad” en el siglo XX.)

Del mismo modo, en las ciencias arqueológicas son muy pocos los especialistas que se atreverían a tomar con seriedad los trabajos más famosos de Von Däniken, que pese a su amplia difusión vienen a resultar una suerte de “arqueología ficción”. Más allá de los elementos sobrenaturales, sus hipótesis resultan explicaciones bastante coherentes de una parte (tendenciosa y mediáticamente seleccionada) del registro arqueológico mundial. Por qué descartar las hipótesis de Von Däniken y aceptar los planteamientos hipotéticos de los arqueólogos profesionales (que tampoco aportan verificación)? Hasta donde puedo apreciar, simplemente por el “respeto a la autoridad”. Es decir, los universitarios sólo creen en los universitarios; y los libros de escuela que conforman buena parte de nuestros prejuicios son también escritos por universitarios. Evidentemente, esto es riesgoso y tautológico.

Los arqueólogos cuentan a su favor (o deberían contar) con el método científico, el cual (sin ánimo de entrar a la discusión epistemológica) proporciona conocimiento objetivo. Quedarse en el plano hipotético constituye una sub-utilización de dicho método y reduce su investigación al nivel de la opinión, la creencia y el mito. Esto no significa -en absoluto- que la actual historia arqueológica deba ser desechada; por el contrario, requiere entrar a una fase de depuración.

En ese sentido es interesante hacer otro paralelo con las CCNN en el asunto de la verificación. En la arqueología es usual que una hipótesis sea atacada o respondida con otra; ambas por lo general inverificables o en el mejor de los casos por verificarse. Puesto que no hay prueba material o experimento, el argumento se convierte o se asume como ataque ad hominem. Esto es lógico: si la hipótesis original no está verificada, entonces su principal sostén es la autoridad de la persona enunciante. Su ataque por tanto repercute en dicha autoridad.

En las CCNN por el contrario,  los investigadores usualmente necesitan que otros equipos independientes verifiquen sus hipótesis, típicamente mediante la replicación de los experimentos correspondientes. Y si bien los ataques ad hominem ocurren, en la gran mayoría de ocasiones son los datos del experimento replicado independientemente quienes realizan tal verificación. Ahora bien, siempre se argumenta en relación a la dificultad o imposibilidad de realización de experimentos en acerca de personas y sociedades “desaparecidas”. Sin embargo, también sabemos que muchos investigadores (especialmente desde la “nueva arqueología”) han incorporado experimentos diversos en sus investigaciones (por ejemplo, el re-aprendizaje de la talla de piedras, el recorrido de las rutas ancestrales, etc.) Sin embargo, el énfasis en este aspecto siempre es reducido, e incluso, anecdótico; jamás jugó un papel central no obstante ser la piedra angular del “método científico” que tanto discutimos.

Leave a Reply