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Como quien va de compras.
Salir a eso de las tres de la tarde, un tanto luego del bochorno; es fin de Marzo, cuatro días antes de Abril. El calor cede, y la noche anterior sentí algo de frío a eso de las doce. De todos modos hay sol de disco amarillo grande, y en la avenida Salaverry no hay muchos autos; ninguno parece querer hacer tanto ruido. Eso me permite respirar árboles de aire que verdea intermitentemente flashes solares de dorado agudo; bondadosamente iluminan las siluetas de las hojas y tienen la delicadeza de no cegarme.
Camino despacio, voy con sombrero y lentes oscuros para no derrochar mi felicidad en los angustiados ladrones de su propio tiempo. Paseo entre pasto y árboles retorcidos en arcos que invitan a aspirar hondo, pero no como mentalista disciplinado, sino como golosina que saborea cada órgano respiratorio; respirar suavemente, como asegurando que cada molécula proporcione su pequeña magia, partícula aérea sagrada que acaricia mi cavidad nasal y embota la cabeza, haciéndome ir cada vez más despacio, percibiendo el rayito que juega a la plata y el oro en los pómulos, intercalando a tres metros la avispa estática, y otra vez la sombra protectora del árbol orgulloso de su influjo tan efectivo que ni se nota.
Sonrio como idiota, lindo ser idiota, generar otras risas idiotas; casi se salen las muelas! gesto que se queda inmovil cuando el aire regresa a su morada invisible que también se llama aire; me siento envejecer cuando fluye, y siento que estoy avanzando, que me voy; percibo que crezco aunque me tuerza como el árbol; mis pasos no son pasos sino raíces que palpan el suelo en busca del lugar perfecto para olvidar todo en una verdadera respiración que no tendrá fin; mi piel parece brillar para los visionadores, pero en realidad sólo es mi cuerpo que está sanando.
