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Es un lugar común, especialmente en épocas electorales, decir que la juventud es el futuro del país, que es lo más valioso que éste posee, que “ya es hora” de proporcionarle la oportunidad que merece, etc. Esto por supuesto no se refiere tanto a los colegiales, sino a los adultos jóvenes; digamos, en el rango 20-35.
Gonzales Prada y su genial “Los viejos a la tumba…” subsumió esa idea, genialmente como de costumbre. Sin embargo, G.P. escribió en la época en que se elevaba Haya de la Torre, que bien podría dar sentido y contenido a su frase (1). Posteriormente tenemos mucha miseria política, avance y retroceso económico, pero al mismo tiempo, como en una dimensión paralela, afloran escritores gigantes; el más cercano sin duda Mario Vargas Llosa, cada vez más odiado y vilipendiado (es decir, envidiado) conforme la sociedad se hundía cada vez más profundamente en su propio fango cultural y la estrella de aquél continuaba ascendiendo a nivel mundial.
Luego se agotaron los gigantes intelectuales. Y si surgieron, quizá nuestra mente ya no tuvo capacidad de percibirlo.
Tomemos como ejemplo a la lectura, medio de divulgación por excelencia: hoy en día tenemos un porcentaje muy reducido de analfabetismo en comparación con principios del siglo XX; sin embargo, otros problemas se han hecho evidentes: la gente no lee; los pocos que leen, no entienden lo que leen; los cuatro gatos que entienden lo que leen, sólo leen “fulbol”. Y como sabemos, este fenómeno de involución no es exclusivo de la lectura.
Recorro Lima y observo la celeridad con que se rompen las pistas sin motivo claro; luego éstas quedan destrozadas por muchas semanas convirtiendo el tráfico en un calvario. Más adelante una cadena de semáforos des-sincronizados que atoran aún más la circulación. Todo el mundo reniega: que el alcalde, que la policía, que los obreros, etc. A mi juicio el problema central es sencillamente la estupidez de la generación actual que es incapaz y no le importa hacer bien su trabajo.
Todos sabemos que en Lima es muy difícil que las personas muy adultas (sin buenas conexiones) consigan empleo. En la gran mayoría de puestos de trabajo se busca gente joven. Esto ocurre por diversos motivos: 1) se percibe a los “mayores” como personas problemáticas que exigen derechos actualmente obsoletos (especialmente, los que estuvieron acostumbrados a la estabilidad laboral velasquista) ; 2) los jóvenes deberían (en teoría!) tener más energía para desempeñar sus funciones; 3) ciertas posiciones están proyectadas para durar un buen número de años (con cierto margen de ascenso), pero la vida laboral útil de las personas mayores puede truncar este proceso; 4) los jóvenes deberían (nuevamente, en teoría) ser más “moldeables” en función de las necesidades del puesto -típicamente, para adquirir habilidades; 5) las personas más jóvenes gozan (en general) de buena salud, lo que incrementa su disponibilidad para puestos de mucha responsabilidad. Y etcétera, etcétera.
De todo lo anterior debemos obtener una conclusión evidente: la generación actual no está a la espera de que se le dé la oportunidad; por el contrario, la juventud siempre tiene la primera opción. Es necesario desterrar la idea de que la juventud está encerrada en su casa o vagando por las calles porque nadie le quiere dar empleo. Todo lo contrario! nuestra generación ya tiene las riendas, quizá no al nivel más alto, pero sí en los niveles intermedios e inferiores. El problema, según mi entender, parte de allí: no hay una población con suficiente calidad.
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La juventud es una entidad casi intocable para los políticos, seguramente debido a ser fuente primordial de votos. Se le perdona todo, se le ensalza, se le promete el oro y el moro porque supuestamente se lo merece. Y todo suena bien, pues los más jóvenes están acostumbrados a ser engreídos cual pusilánimes, mientras que los mayores se enternecen con cada una de sus manifestaciones de ineptitud.
A nadie se le pasa por la cabeza (y por lo tanto, nadie previene) que los adolescentes y los adultos jóvenes sean inservibles. Eso es tan imposible que ni siquiera se sospecha. Más pesa repetir hasta la saciedad los logros individuales (que de hecho, se dan) de algunos jóvenes exitosos, y mejor aún si son futbolistas o cocineros. Entonces – se piensa – estamos yendo por el buen camino, y es cuestión de tiempo (y ahora sí, mandar a los viejos a la tumba) para que por fin se arregle el tráfico en Lima, y nuestras universidades empiecen a producir ciencia de a de veras.
Nos quejamos de los colegios. Cuando me preparaba para postular a la universidad (de esto hace casi dos décadas) recuerdo el día en que un compañero (escolar como yo) me contaba entre risas malevolentes cómo su profesor (de un colegio nacional en Comas) les había dado una charla acerca del secuestro del que recientemente había sido objeto por parte de la policía (por presunta afiliación a Sendero), y por supuesto, de la golpiza recibida. El profesor anunciaba que pronto vendría otro secuestro y respectiva golpiza, y no sabía si regresaría a continuar dando sus “clases”.
Actualmente los profesores del SUTEP no viven las “condiciones objetivas” que les permitan alcanzar tal grado de dramatismo. Pero la mediocridad en la formación cunde. Y la sociedad en su conjunto les apunta con el dedo pero no hace nada. Por años la discusión se redujo (con el beneplácito del SUTEP) a exigir un porcentaje mayor del presupuesto nacional para el sector educación (traducción: sueldos.) Y si bien el dinero es siempre necesario, es evidente que aún si se le proporcionara el 90% del presupuesto nacional al sector, la educación seguirá siendo un desastre total: mejores sueldos, bonificaciones, más “proyectos de investigación”, más “seminarios y talleres de actualización”, etc(2).
Además de ser impensable, la idea de la “inutilidad de la juventud” resulta odiosa. Esto por dos motivos: 1) mal que bien, las familias se esfuerzan tremendamente por su formación; y 2) la juventud es (sólo por definición, nunca por elección) el futuro del país, y a nadie le gusta oír acerca de un futuro poco promisorio.
Quizá en algún momento la sociedad enfrente este asunto; pero mientras tanto, los problemas se seguirán acumulando por doquier; la juventud seguirá alcanzando un quinto de media de juguete, muchos otros (demasiados!) obteniendo grados, títulos y doctorados rimbombantes cortesía de institutos y universidades (tanto privados como aquellos que se declaran “sirviendo al pueblo”) que descubrieron aquí su gallina de los huevos de oro.
Ahora bien, surge la pregunta: es necesario salir de un “discurso responsable” y denunciar sin misericordia a la malhadada juventud? no es suficiente con ampliar gradualmente el presupuesto del sector educación y de ahí ver qué hacemos? No es un acto de maldad para con los indefensos jóvenes? Lo dudo. Las medidas a tomar contra la cangrena no son ni de lejos las que se toman contra un resfriado.
Soluciones? – a la peruana: no hacer nada por cincuenta años más, mientras nos solazamos al saber que la papa a la huancaína se disfruta en Estambul y Hong Kong. Otra posibilidad (orientada al futuro) tan, pero tan simple que nadie va a tener la necesaria osadía para aplicarla, consiste en ejecutar una idea de L. Trahtemberg: dedicar todo el año escolar a la lectura: estoy seguro de que los padres de familia jamás permitirán tan inhumano e improductivo castigo para sus pequeños.
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I hate my generation
I picked it up and threw it away
I hate my generation
(Cracker: “I hate my generation”)
(1) No soy aprista.
(2) Es necesario reconocer que algunos ministros de educación han ido a contracorriente de esta situación (cada uno a su modo.) La sociedad mayormente los ignora.
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