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Primero buscas la información; después buscas el conocimiento; posteriormente buscas la sabidurÃa; finalmente, buscas a Dios.
La búsqueda de información arranca como algo inherente a la infancia más temprana: el bebe que camina y explora más allá de los confines maternos. Esto en teorÃa deberÃa potenciarse en la escuela, pero allà todo se suele destruir en tanto que se presenta como una imposición al joven individuo, el cual deja de ser un individuo para ser un “alumno”, cuya finalidad -por definición- es aprender lo que se le enseña.
A. Einstein decÃa (aproximadamente) que era un milagro que la curiosidad sobreviva a la escuela; y siempre me parece sorprendente la capacidad de Einstein para dar en el clavo.
Porcentualmente son pocos los que logran completar esta etapa: la amplia mayorÃa nunca toma contacto con una dosis mÃnima de información (o se empapa de información irrelevante y grotesca); la obtención de información (por ejemplo, la lectura de un libro) se observa como una actividad desagradable.
Incluso muchos que ostentan grados universitarios discurren por sus estudios mediante la aprobación de los exámenes, por lo que su información siempre resulta comparativamente reducida y sobre todo fragmentaria.
Una fracción de estas personas, por el contrario, se distinguen por superar este estadio, e incorporan el acopio y sistematización informativa a sus hábitos de vida, lo cual les permite disponer de un gran abanico de alternativas de solución a una gran cantidad de situaciones. Esto es lo que muchos denominan un “profesional competente”.
De estos profesionales competentes, una fracción eventualmente logra transformar creativamente la información al punto de crear una sÃntesis que permite afrontar nuevos problemas o proporcionar soluciones superiores a las conocidas. Estas personas fabrican conocimiento.
Con el tiempo (generalmente años), este conocimiento se acrecienta, y muchas veces se vuelve poderoso. De estas personas de conocimiento, una reducida fracción desarrolla la capacidad de auto-purificación de dicho conocimiento. Suele ser necesaria una autocrÃtica inmisericorde y un ego refrenado, asà como una perspectiva de largo alcance que relativice dichos enormes conocimientos en su real insignificancia frente a lo aún desconocido, pero evidentemente existente. Es la aceptación de la fórmula socrática: “sólo sé, que nada sé”.
Se obtiene asà una primera gota de conocimiento puro, destilado, y universal: la sabidurÃa. A continuación, el proceso intelectual retorna al principio, con las preguntas más simples, las cuales son re-evaluadas a la luz del conocimiento adquirido, el cual una y otra vez resulta insuficiente e inútil para las preguntas fundamentales: Qué es el amor?
Las respuestas se encuentran ahora por otros medios: el conocimiento es sólo una herramienta más que la naturaleza pone a nuestra disposición. La realidad también “habla” de otras maneras, y en esta etapa se trata de tener el oÃdo adecuado. Esto explica una contradicción aparente: la sabidurÃa también se aloja (muy fragmentariamente) en personas “simples”, sin mayor conocimiento ni información, pero que lograron oÃr a la naturaleza a lo largo de su experiencia de vida.
La sabidurÃa, al igual que la información y los conocimientos, se sistematiza, se vuelca en principios elementales. El “meta-principio” que ordena estos sabios principios de modo tal que se evita el desmoronamiento total de absolutamente todo, se identifica como Dios (no necesariamente una imagen religiosa.) Ergo, tiene sentido su búsqueda y aprehensión como etapa culminante y magnÃfica.
